Origen del libro 'Espiritualidad y biocentrismo: una nueva Tierra para una nueva Compasión

January 5, 2018

 

 

En el año 2016 conocí a Alberto Terrer. Yo llevaba varios años compaginando mi inclinación a la espiritualidad, con múltiples actividades de orientación y divulgación, con mi trabajo rutinario en la empresa familiar. Desde hacía un tiempo, concretamente desde que mi compañero Ónix, un perro inseparable durante 20 años, pasó a su siguiente fase vital, tenía una especial atracción por el mundo animal, más de la que toda mi vida había sentido.

 

Digo que empecé a experimentar más atracción por el mundo animal que anteriormente porque, a pesar de haber sentido desde siempre una simpatía especial hacia los seres vivos, los animales y las plantas, la muerte de Ónix coincidió con una revolución interna que me empujaba hacia el mundo animal, su situación respecto del hombre y el grandísimo margen de mejora que aún restaba para su debida consideración y respeto.

 

La revolución interna se había cosechado con los abonos de la espiritualidad, pues no en vano, la máxima ‘no sin mi hermano’ llevaba en mi interior varios años extendiéndose desde la esfera puramente humana, para abarcar también un ‘no sin mi hermano de otra especie’. Incluso fue determinante para que adoptase la decisión de comenzar a alimentarme sin productos animales.

 

Con todas estas mimbres, comenzó a aparecer en mi mente la idea de un refugio animal. Inmediatamente me hallé navegando por la red, en busca de información al respecto, y en una de las búsquedas llegue a la página de Facebook de Santuario Compasión Animal.

 

Como cualquiera que, teniendo cierta sensibilidad con el mundo animal, accede por primera vez a conocer lo que ocurre en los santuarios, me quedé en trance, extasiado por las imágenes y textos que iban circulando ante mis ojos, en las que Alberto y Laura Llácer -cofundadora del santuario-, demostraban al mundo entero, en la práctica diaria, cómo se puede considerar al resto de los animales no ya como otras personas, sino como tu propia familia. Enseguida contacté con ellos enviándoles un mensaje en el que les exponía mis inquietudes al respecto de abrir algo parecido.

 

Como pude comprender cabalmente a lo largo de los siguientes meses, la actitud de Alberto, aun muy cordial, fue contenida y con ciertas dosis de recelo, ya que eran muchas personas las que, con buena intención pero sin los conocimientos, medios, experiencia y determinación suficiente, se les acercaban a menudo con los mismos planteamientos. No obstante, después de unos breves intercambios postales, ante mi solicitud de ir a visitarles, mi indicó que ellos estaban en Valencia, y que me iba a resultar mucho mejor solicitar visita a un santuario que había en Madrid. “Ve mejor a Wings of Heart”, me dijo.

 

La primera vez que entré en la página de Facebook de Santuario Wings of Heart me quedé bastante sorprendido de volver a encontrarme allí a Alberto y a Laura. “¿Pero no me acaban de decir que ellos estaban en Valencia?”, me pregunté. Y fueron varios minutos de confusión y sorpresa hasta que me di cuenta de que el “Alberto” de Wings of Heart era en realidad su hermano Eduardo, gemelo de nacimiento, y la “Laura” del santuario de Madrid, su compañera-fundadora, Laura Luengo.

 

A partir de ese momento, comencé una relación muy intensa de colaboración con Eduardo Terrer y Laura Luengo, responsables de Santuario Wings of Heart, hasta el punto de, al comprender realmente lo que era un santuario animal y lo que implicaba, “olvidarme” de mis pretensiones de poner en marcha uno propio, e implicarme decididamente en la colaboración con ellos, llegando a ser  actualmente parte integrante del patronato de su fundación.

 

No obstante mi colaboración con “el santuario de Madrid”, desde mis primeras conversaciones con Alberto quedó impresa en mi alma una especial identificación con él pues, como supe después en las charlas posteriores, Alberto tenía también una marcada raigambre espiritual. A partir de los primeros intercambios electrónico-postales, nos dimos los teléfonos y seguimos charlando por WhatsApp. Poco a poco fui dándome cuenta maravillado de que nuestra idea de la espiritualidad era coincidente en muchísimos aspectos, y de que había una vía sólida, consistente y práctica, tal y como la representaba Alberto, de unir la espiritualidad con el animalismo, tal y como se llevaba tiempo pergeñando en mí.

 

Las “charlas” comenzaron a ser auténticas sábanas de reflexiones compartidas, de un grandísimo interés para ambos, hasta que un buen día nos planteamos editarlas. Como dice Alberto en su prólogo del libro: “…Iván me propuso editar nuestras conversaciones, pero sucedió lo que sucede cuando dos personas que comparten una misma pasión hablan sobre ella. Nos vinimos arriba y decidimos escribir un libro.”

 

Era nuestro primer libro para ambos, de forma que, a esas pequeñas dificultades iniciales, se unieron las de escribir un libro compartido. Pero era mayor la pasión común de poner negro sobre blanco las múltiples reflexiones personales que tanto Alberto como yo habíamos tenido desde hacía muchos años, dando vueltas y vueltas desordenadamente en nuestras mentes. Después de una pequeña planificación, nos pusimos manos al teclado y, en brevísimo lapso, pues no en vano para ambos, la escritura del libro fue una mera transcripción ordenada de múltiples reflexiones tenidas a lo largo de un extenso periplo vital.

 

Lo que tuvimos muy claro desde el principio era que nuestra intención y nuestra visión, que después transformamos en misión, fue establecer las bases espirituales de la filosofía biocentrista, de la cual se han originado movimientos prácticos como el animalismo y el ecologismo, y actitudes como el veganismo. Alberto y yo sabíamos, él con mayor conocimiento debido a haber pasado muchos más años que yo en contacto con el mundo de los derechos animales, que el movimiento animalista no tenía unas bases fundamentales profundas, sólidas y definitivas. Y nuestro convencimiento era la grandísima aportación que podíamos ofrecer a ambos flancos conceptuales. En primer lugar, mostrar a las personas con sensibilidad animalista y ecologista cómo no se pueden entender ni fundamentar completamente, sin fisuras, dichos movimientos sin la concurrencia de la espiritualidad. En segundo lugar, exponer a las personas con inclinación hacia la espiritualidad que la máxima de esta ‘no sin mi hermano’, no podía tener un valor significado absoluto sin adherirle su homónima ‘no sin mi hermano de otra especie’.

 

De esa forma, comenzó a aflorar en nuestra mente ya avanzada la escritura del libro común, no solamente su título actual, sino también una terminología que identificase semánticamente dicha unión entre espiritualidad y biocentrismo. Aprovechando que el biocentrismo implica considerar la vida como centro de medida y rasero de valoración de los intereses de todo ser que la manifieste, por el mero hecho de manifestarla, introdujimos el matiz espiritual en el término, quedando nuestro particular empeño filosófico-espiritual denominado ‘bioespiricentrismo’, que evocaría que el centro de medida real es el espíritu, como trascendente a toda vida manifestada, tal y como profusamente explicamos en el libro.

 

De ahí sobrevino la inevitable generalización, pues siendo la espiritualidad la clave de bóveda, según nuestra particular interpretación, de toda faceta vital de nuestra actual experiencia física, acuñamos el reducto de ‘espiricentrismo’ como término general adecuado para resumir dicha nueva base filosófica fundamental, de la cual derivarían las diferentes especificaciones, siendo la primera que nos ocupa, el ‘bioespiricentrismo’.

 

El libro que os presentamos consta a su vez de dos ‘sublibros’, el de Alberto, titulado “Del biocentrismo a la espiritualidad”, con una extensa parte única. Y el mío, “De la espiritualidad al biocentrismo”, que consta de cuatro partes, tres de ellas dedicadas a la espiritualidad profunda, como base necesaria para traducir cualquier otra aplicación práctica (espiricentrismo) y una cuarta aplicada específicamente al biocentrismo (bioespiricentrismo).

 

Cuenta, además, con dos prefacios, uno de Andrés Rodríguez, maestro espiritual, orientador en la línea de ideas espirituales que Alberto y yo hemos adoptado, basadas en los contenidos de los textos de Un curso de milagros y El libro de Urantia. Otro, de Nacho Fernández Rubio, practicante de la misma espiritualidad profunda, pero en este caso procedente de la tradición cristiana.

 

Iván Rodríguez

Facebook: Iván Prospector

 

En Zaragoza, a 5 de enero de 2018.

 

 

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